viernes, septiembre 30, 2005

Tus formas inciertas


Te reconozco por tu espesura.
Tienes la mirada torcida de angustia;
es el ayer que no te suelta,
cobayo apadronado por el hombre grácil
que se desprende de su coraza de espinas.
Cuatro focas perladas y sedientas
se fagocitan la espera
de agusanados días,
y no se aquietan
ni para el sueño clásico de la vida.

Se hinchan, se tuercen,
se menean, se imploran,
se dilatan, se lloran,
se apasionan, se pecan,
se piensan, se nombran.

Pudo el palio
construir una bocanada de aire
en mi interior amargo,
y por su derecha
se desplegó la cinta violácea de mi juventud,
arrasada por la bajeza del ser,
del otro próximo al yo ser.
No pude comprenderlo.
Me niego a sucumbir
en el pozo profundo y oscuro
del infierno pobre.

Seis espadas
se disparan desde el horizonte,
y cortan mi pensamiento
en tiras pecioladas e infinitas.
Se volatiliza mi ayuno,
curando el espanto casual
de un agradable amanecer
en sus brazos ensangrentados.

Perdón.
La gracia de la fatalidad no estalla,
sino el precio condenado
de la marca sagrada.
Si lo supiera,
no contaría cada gota
transpirada por tus piés
aletargados de lunas rojas.