Doliente

Cristales que sanan.
Nubes tenues, pasteles.
Filas indias
que corren
por el tubo elílico de tu vientre.
Espejos,
sanos y rotos,
recojen tu imagen angulosa y opaca.
Peras aladas
que solo muestran una salida:
el hambre de ser.
La colisión llega sin anunciarse;
todo se estrella.
Las amatistas de tus dedos
me devoran,
y sus tactos oculares
se llagan de perlas y diamantes.
Aros bruscos que busco
y no logro descifrar...
Pesadillas imperturbables.
La décima palma del coral
lo dice todo.
Risas entrelineables.
El caramelo de tu magma vibra
a la deriva,
como un delfín desbocado.
¡Salud!
Tu pesar
me dicta un hilván de malvas,
y no cesa de croar
la campanilla del triste sereno.
Vela la noche.
Vela la luna.
Vela despierta.
Vela por eso.
No. La ciénaga ya se disipa,
apesadumbrada y crujiente
de asco y pavor.
El sauce se amilana
y llora.





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