Fuego líquido

El zarpazo
me desentibió el alma.
Mi corazón no tiene armas
para la guerra pesada
de tus macabras ensoñaciones.
El fuego
se corrió de los senderos,
y las montañas
acostaron a sus niñas desnudas
de días ocres.
No fue la desdicha ni el perdón
lo que me oprimían;
solo tu escrito púdico de estrellas
me condenaba a quemar las cartas
de una vida de imaginarios soles.
Lluvia de ocarinas
y vientos angustiados
me dolían de sed y vacío.
Otro era el color de tu sombra,
apagada por el rayo
que sin pensarlo
me traspasó,
con el dolor del leopardo alocado
de tus ojos.
Digo el verbo al consumirme (el poeta no lo sabe),
pero no desespero.
El secreto de tu boca
se parece a mi recuerdo
de tibias olas espumadas
por los barcos,
que arrastran el sabor de tus palabras
hasta mi orilla.





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