viernes, octubre 14, 2005

Misterioso gris


Gritos.
Corren lágrimas de papel,
sin sabor.
El Espacio
transmuta su tiempo
sin aliento.
El alma
traga su lengua de serpiente
y se atraganta,
despacio,
con el aspecto único
de un desprecio rugoso y desteñido.
¡Si el árbol supiera
el sano refugio
que fuera en aquellos cielos!
La vida de una sola de sus células,
el canto de uno solo de sus poros
podrían soportar el sangriento cadalso
de ese cuerpo agrietado y sin olor.
Tuercen sus alas
las hojas quemadas de sus manos,
y se enredan
en los capullos de la peligrosa avaricia.

Dicen
que de su interior
surgió el salvador; no lo creyeron.
Pincharon con fuerza
sus ojos petrificados por la injusticia agreste
y rasgaron su nombre
en cientos de tristes historias.
El día agónico
despierta en cada sueño
y traspasa todo letargo somnoliento.
Discos turbios, miradas encendidas.
Sus seguidores no lo abandonan,
solo se ayunan
con el agua sabia
de la bendición cotidiana.
Pero el peligro siempre acecha,
como cíclope miasmal.
Turba, acero,
muerte,
oscuro frenesí
el de su corazón vencido.
Sin embargo,
yo escucho sus gritos...