jueves, octubre 06, 2005

Ser sediento


Yo fui prisionero (lo sé)
de tu vago recuerdo
y tu corte de plaza
se clava en mis puños rosados.
Techo una reliquia aprincesada
que se demora en la estación
de mis sueños,
pero no claudico;
solo parto hacia atrás,
donde el sigiloso bosque
me daba sus frutos calientes.
Pido la palabra
con tenacidad,
de cara a los muertos;
otros me tocan
pero no soy yo el que responde:
es mi sombra acanalada
que se estira sobre el cerro apinado de luz.
Un esquimal
se atora en la helada telaraña
de sus vivencias;
no puede ver la cubierta
de rostros acerados de esplín.
Placer, sabor,
desnudéz, fulgor,
¿de qué sirven
sino para el colapso intestino
de tu cáncer espiritual?

Poder.
Dicen que la sal
está presente en cada nido.
Yo los toco. No hay respuesta.
La mariposa
ríe de sus acrobacias,
y espera ser devorada
sin pena
por el enemigo frugal
que la vigila.
Tocan esa canción que nos une.
Se prisma la llama de mi son
y nos arrastra
hasta la orilla empetrolada
del olvido.
Pero ésto no tiene olvido
Se evapora.