Sin Auroras

Toma este lirio,
que se apaga el precioso color
que te envuelve.
No te lastimes por tan poco
que solo para ésto te llaman.
Cielo fuerte, prisa calma.
La bahia se adelanta
hasta tu córnea feroz de fucsias,
y una pestaña de la costa
se pierde en el mar
de tu mirada.
¡Fácil es decirlo!
Si solo pudiera contar
todo lo que nos aqueja
dentro de esta caja de músculos y huesos vencidos.
Ellos poseen
la perpleja sabiduría de lo inocuo,
y es imposible
desterrar la carga dulce de mis oídos.
Bajo hasta lo hediondo de tu flaqueza,
y perjuro no volar en círculos
sobre tus negros cabellos.
Me apasiono ante tu negrura,
y abrazo una selva
para acallar mi locura infantil.
!Basta de subir!
¿Es que allí nace el deliro puro?
¿Dónde están mis gargantas
castigadas de mudez y pestilentes quejas?
Cien oidos tientan a la lluvia
con su música de espuma,
y la pulposa corola
se abre en fragmentos
sucios de miedo.
Ya lo sabía.
Siempre aparecen,
acobardados en trajes azules,
con sus rostros morados
por el estigma trágico
de una rosa púrpura.
Sigue la lengua
dejando su estela de saliva
sobre mis venas.
Me hiere,
como una navaja astuta,
arranca mis secretos,
y se adueña de la tosca razón,
el poder máximo que me persigue.
Nunca escuché su nombre en tablas de cera;
nunca espié su grácil estupor
de nutria prensil,
polígono traqueal,
espacio aturquesado.
Se apagan los silencios.
Solo cuenta el mar.





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